No hemos sido hechos para
encerrarnos entre cuatro paredes. No hemos sido hechos para tirarnos horas
y horas en el sofá. No hemos sido hechos para hacer zapping en la tele. No
hemos sido hechos para respirar gases contaminantes. Tampoco para caminar sobre
cemento ni para arrasar los espacios verdes. No hemos sido hechos para ser
espectadores de nuestras vidas. No hemos sido hechos para la soporífera e
insulsa cotidianidad humana. Ni para el anquilosado sedentarismo.
No hemos sido hechos para
ser rehenes de nuestras propias creaciones. No hemos sido hechos para
entregarnos a los avances tecnológicos. No hemos sido hechos para no poder vivir
sin ojear el móvil cada segundo. No hemos sido hechos para tomar drogas. No
hemos sido hechos para comer alimentos procesados. Ni tampoco para entregarnos
al imperio de los medicamentos.
No hemos sido hechos para
poseer la libertad de nadie, excepto la nuestra. No hemos sido hechos para
restringir la propia. No hemos sido hechos para entregar nuestros destinos y
esperanzas a sentimientos pasajeros. No hemos sido hechos para depender de una
sola persona. No hemos sido hechos para fundirnos en la masa, como un número
más. Tampoco para caminar en solitario.
Pero tampoco hemos sido
hechos para doblegarnos a modelos de organización basados en la marginación
social. Ni para dividirnos en estratos sociales. Ni para oprimir a los
trabajadores, a las mujeres, a otras etnias ni a los animales. Ni para matarnos los unos a
los otros en nombre de nuestras creaciones (naciones, religiones, ideologías).
Ni para luchar por recursos o para obtener una mejor posición geo-estratégica.
Ni para pisotear ni ser pisoteados.
Y, sin embargo, nos
encerramos en nuestras casas y en las ciudades. Apenas pisamos el medio
natural. Nos entregamos a la cotidianidad con la promesa de estar haciendo lo
correcto académica y profesionalmente. Nos doblegamos a los avances
tecnológicos, en vez de usarlos con conciencia y limitaciones. Nos drogamos.
Comemos alimentos procesados. Tomamos medicamentos.
Construimos relaciones
sin libertad, restringiendo la propia y la ajena. Aceptamos ser considerados
como números y como gasto. Nos dejamos explotar. Aceptamos un sistema piramidal
que rige el mundo, siendo cómplices del clasismo, el machismo, la miseria, la
pobreza y el hambre. Nos matamos en nombre de naciones, religiones e
ideologías. Y, sobre todo: nos dejamos pisotear y deseamos estar en esa
posición.
E, ineluctablemente, os
preguntaréis: ¿Para qué hemos sido hechos? ¿Acaso hemos sido hechos? Y de ser
así, ¿qué enfermiza y malévola mente ha creado tal macabro y maligno destino
que nos sedentariza, encierra, divide, enfrenta y oprime? ¿Quién ha diseñado este
errado experimento? ¿Quién sino el propio ser humano y su auto-destructiva
voluntad colectiva, cárcel de personas y devastadora de la fauna y del reino
animal?
No hay comentarios:
Publicar un comentario