Lo confieso. Atesoro
miedo. Miedo e inquietud. De no poseer sueños ni grandes aspiraciones. De
compararme con aquellos que sí los tienen. De continuar sin tenerlos. De vagar
por la finitud de mi existencia sin soñar ni desear nada. De
seguir muerto en vida. De ser inerte. ¿Acaso mi sueño es encontrar sueños?
Aunque así sea, también me quita el sueño tener sueño. No me malinterpreten:
descanso mal. Quizá por todo lo expuesto hasta aquí. O tal vez por esto y mucho
más.
Siento pavor. Pavor y
desasosiego. De imaginarme solo para siempre. De no importarle a casi nadie. De
que me ignoren. De que no me vean. De no aprender a relacionarme nunca. De
creer que no puedo por tener asperger. De que me juzguen por ser asperger. Pero,
¿qué derecho tengo para quejarme, a pedir que no me ignoren a mí, quien ignora
a los demás? ¿Y si siento pánico de mostrarme tal como soy, de no comportarme
de manera indiferente y experimentar el rechazo? Eso que no he sentido en mis
propias carnes por culpa de (o gracias a) mi pasividad.
Padezco temor. Temor y
angustia. De no llegar a quererme como merezco. De no saber ni poder amar. De
no yacer en un lecho con una mujer. De no tener expectativas de esto último ni
de hallar el amor el resto de mi fugaz y efímera existencia. De continuar sin
intentarlo. De llegar a convencerme de que no me importa el asunto. De
descubrir que no me importa -en el supuesto de que así fuese-. Otra vez me
cuestiono si puedo quejarme. La prueba de mi falta de sueños habita en la
espiral de la indiferencia en la que me encuentro.
Pánico. Pánico y
desazón. De no llegar a nada en la vida. De no hallar algo que me ilusione. De
no encontrar un objetivo por el cual estar dispuesto a todo. De desperdiciar mi
potencial. De no llegar a ser alguien de provecho -más no de éxito-. De sentir
que mi existencia carece de significado. De haber podido escoger un camino
equivocado. De no haber elegido con acierto los estudios. De no haber trabajado
de verdad jamás. De oxidarme con el paso de los eones. De ser una carga para mi
preciada madre, quien eventualmente me necesitará más que yo a ella –en caso de
no ser ya así-. De que mi familia y los pocos amigos auténticos con lo que
cuento no sepan cuánto los estimo. De pensar que la obsesión me va a amarrar
siempre. De que nunca vaya a olvidar a esa persona especial, a pesar de que no fuimos nada más y nada menos que nada. A veces me pregunto si se acordará de mí, a pesar de no ser nada. A veces me lo cuestiono en busca de consuelo para curar
mi desamor.
Lo vuelvo a manifestar.
Tengo miedo. De llegar a ser un absoluto hipócrita. De completar la conversión
a ser inerte y apático. De terminar pensando cómo vivo. De no reconocerme. De
no ser fiel a mi mismo. De no respetar mi esencia. De no reencontrar jamás al
niño que fui, que ha de estar pululando por los aposentos de mi cabeza. De
seguir sumiéndome en el pozo de la tristeza. De no sentir ni impotencia. De
sentirme cada segundo más vacío. De pensar que no tengo esperanza ni remedio.
De haber barajado la única salida posible cuando alguien se halla en este
estado mental. De llegar a hacerlo. Y de hacer daño con ello a quienes me
quieren. Mi vida no me pertenece solo a mí.
Y a pesar de todo, sigo
en pie. Precisamente porque tengo miedo. Al paso del tiempo. A que sea
demasiado tarde. A desaprovechar la vida. ¿Mi sueño? Despertar del duradero
letargo al que está sometido mi espíritu y encontrar mi voz.
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